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Instituto Neurociencias para la Felicidad

Salud mental y práctica clínica

Más allá del diagnóstico: una mirada clínica y humana a la salud mental

Diagnosticar no consiste únicamente en asignar una categoría. Implica comprender la historia, el funcionamiento y el contexto de una persona para intervenir con precisión y humanidad.

Autora Ps. Mariann Dávila Coggiola
Institución Instituto de Neurociencias para la Felicidad
Área Psicología clínica y salud mental

La discusión no debiera limitarse a si estamos diagnosticando demasiado. El problema más profundo aparece cuando no diagnosticamos a tiempo o confundimos unos cuadros clínicos con otros.

Tres criterios esenciales

Una evaluación rigurosa exige más que pruebas y etiquetas.

01

Leer el recorrido vital

La entrevista clínica debe integrar la historia personal, los vínculos, el contexto y los factores que incidieron en la aparición del desajuste.

02

Nombrar sin estigmatizar

Una categoría clínica no debiera transformarse en una identidad fija ni en una marca social que reduzca a la persona a su diagnóstico.

03

Intervenir en red

Los casos complejos necesitan tiempo, revisión diagnóstica, trabajo multidisciplinario y redes de apoyo reales.

Cuando el diagnóstico equivocado condiciona todo el tratamiento

En los últimos años, el debate público ha girado en torno a la idea de que “diagnosticamos demasiado”. Sin embargo, el escenario clínico puede ser más complejo.

El problema principal no siempre está en el sobrediagnóstico generalizado, sino en la combinación entre infradiagnóstico y mal diagnóstico: personas que no reciben una evaluación oportuna y pacientes cuyos síntomas son interpretados desde categorías que no explican adecuadamente lo que están viviendo.

Paradójicamente, no contar con un diagnóstico suficientemente revisado puede llevar a tratamientos ineficientes, fallas en la intervención y resultados poco prometedores.

El diagnóstico no es el punto final de una evaluación. Es una hipótesis clínica que debe orientar una intervención pertinente y mantenerse abierta a revisión.

Una mujer diagnosticada solo con depresión

Ejemplo clínico

Una mujer con trastorno bipolar puede pasar años recibiendo diagnósticos de depresión unipolar, ansiedad o trastorno límite de personalidad. El resultado puede ser un tratamiento que no responde a la estructura real del cuadro y que no aborda adecuadamente la alternancia de sus estados del ánimo.

Un adolescente interpretado únicamente desde su conducta

Ejemplo clínico

Un adolescente con un cuadro asociado a experiencias adversas tempranas puede ser etiquetado únicamente desde su oposición, irritabilidad o desregulación conductual. Sin una lectura del estrés crónico y de su historia vital, se interviene sobre la conducta visible y no sobre la experiencia emocional y relacional de fondo.

Un adulto con síntomas físicos persistentes

Ejemplo clínico

Un adulto joven con ansiedad y somatizaciones puede pasar por múltiples estudios y tratamientos sintomáticos sin que nadie conecte sus palpitaciones, fatiga o tensión muscular con un proceso sostenido de estrés acumulado.

Cuando esto ocurre, la persona comienza a sentir que no tiene solución, que nadie la entiende o que todo lo que experimenta “está en su cabeza”.

No basta con aplicar pruebas

Necesitamos profesionales especializados en psicodiagnóstico y neuropsicología, pero también clínicos con un manejo profundo de la entrevista, del análisis funcional y del recorrido vital de la persona.

Evaluar implica reconocer qué ocurrió antes de la aparición de los síntomas, cómo se organizan actualmente y qué función pueden estar cumpliendo dentro de la estructura psicológica y relacional del paciente.

Preguntas que una evaluación clínica debiera considerar:

1

¿Qué factores de estrés laboral, familiar, económico o traumático incidieron en la aparición del desajuste?

2

¿Existe una historia de invalidación emocional temprana que hoy se expresa como inestabilidad afectiva?

3

¿Los síntomas ansiosos o depresivos son el problema principal o una respuesta secundaria a un trauma no elaborado o a una estructura de personalidad de base?

Solo a través de una lectura suficientemente profunda podemos distinguir entre un episodio depresivo reactivo, una distimia de larga duración o una fase depresiva dentro de un trastorno bipolar.

Aunque externamente puedan compartir ciertos síntomas, cada uno requiere una intervención distinta.

Repensar el lenguaje clínico

También es relevante revisar el modo en que comunicamos un diagnóstico. El término “trastorno” puede ser clínicamente útil, pero se vuelve problemático cuando deja de describir un cuadro y comienza a definir completamente a la persona.

Una etiqueta rígida puede generar:

  • Una percepción interpersonal de baja autoestima.
  • Un profundo sentimiento de disfuncionalidad.
  • Una marca social que dificulta la reinserción laboral, educativa, familiar y afectiva.

No se trata de negar el sufrimiento ni la existencia de cuadros clínicos graves. Se trata de nombrar con precisión, pero también con humanidad.

Una persona tiene un diagnóstico, pero no es su diagnóstico.

Hablar de desajustes del ánimo, respuestas al estrés acumulado o patrones de afrontamiento rígidos puede abrir espacios de comprensión, siempre que ese lenguaje no reemplace la precisión clínica necesaria.

El objetivo no es suavizar artificialmente un cuadro, sino evitar que una clasificación se convierta en una condena identitaria.

La intervención que funciona necesita tiempo, equipo y redes

En casos graves o complejos, una intervención aislada rara vez es suficiente. La calidad técnica importa, pero también importa el entorno que sostiene o desorganiza al paciente.

1

Revisar y cotejar el diagnóstico. No apresurarse a partir de una primera impresión clínica.

2

Trabajar con un equipo multidisciplinario. Psiquiatría, psicología, terapia ocupacional, trabajo social y otras disciplinas pueden aportar lecturas complementarias.

3

Integrar a la familia cuando sea posible y seguro. No solo como parte del problema, sino también como recurso y red de apoyo.

4

Promover redes comunitarias y de pares. Grupos de apoyo, centros de día y programas de acompañamiento pueden fortalecer la continuidad del proceso.

Una intervención puede estar técnicamente bien realizada y, aun así, fracasar si el paciente regresa a un entorno que no cuenta con recursos para sostener el proceso.

La salud mental no ocurre únicamente dentro de un consultorio. Ocurre en la vida cotidiana, en los vínculos, en la comunidad y en las condiciones concretas de existencia.

Un cierre que también es un inicio

Sabemos que el sistema de atención se encuentra tensionado: listas de espera, sesiones breves, derivaciones que se pierden y profesionales que deben responder con recursos limitados.

Pero también sabemos que cada diagnóstico suficientemente revisado, cada entrevista que realmente escucha y cada derivación oportuna puede cambiar el curso de una vida.

La integración entre neurociencias, Curación Somática, psicoeducación y trabajo clínico no debiera considerarse un lujo. Forma parte de una respuesta más amplia para quienes viven con desajustes del ánimo, enfermedad mental o secuelas del estrés crónico.

La tarea clínica no consiste solo en identificar un cuadro. Consiste en evitar que una persona quede sola dentro de un sufrimiento que nadie ha logrado comprender adecuadamente.

Instituto de Neurociencias para la Felicidad

Precisión clínica para comprender. Humanidad para acompañar.

Ps. Mariann Dávila Coggiola

Psicóloga clínica
Directora del Instituto de Neurociencias para la Felicidad

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