Más allá del diagnóstico: una mirada clínica y humana a la salud mental
La última evidencia en salud mental indica que el problema principal no es el sobrediagnóstico generalizado, sino una combinación de infradiagnóstico (especialmente en mujeres y minorías) y mal diagnóstico (confundir unos trastornos con otros), con consecuencias clínicas muy graves. La percepción de que «se diagnostica demasiado» puede estar perjudicando a quienes más necesitan una evaluación y apoyo oportuno.
Paradójicamente, el no contar con un buen diagnóstico, nos lleva a tratamientos ineficientes, fallas en la intervención y resultados poco prometedores.
- Necesitamos profesionales especializados no sólo en Psicodiagnóstico o Neuropsicología, necesitamos un buen manejo de la Entrevista, del análisis funcional del paciente y de su recorrido vital, en relación a los factores que incidieron en un “desorden” de la conducta.
- Es relevante para nuestros pacientes dejar a tras el término “trastorno”, en un lenguaje discriminante que lleva a una percepción interpersonal de baja autoestima y de un profundo sentimiento de disfuncionalidad, que nos marca socialmente.
- En perentorio, tomar su tiempo en revisar y cotejar en casos graves o que lo requieran, con un equipo multidisciplinario, integrar a la familia, si hay necesidad y promover las redes de apoyo, de forma tal, de fortalecer la intervención.
En los últimos años, el debate público ha girado en torno a si «diagnosticamos demasiado». Sin embargo, la evidencia actual en salud mental señala algo distinto y más preocupante: **el problema principal no es el sobrediagnóstico generalizado, sino una combinación de infradiagnóstico —especialmente en mujeres y minorías— y mal diagnóstico**, es decir, confundir unos cuadros con otros.
Tomemos ejemplos concretos:
– Una mujer con trastorno bipolar puede pasar años recibiendo diagnósticos erróneos de depresión unipolar, ansiedad o incluso trastorno límite de personalidad. El resultado: tratamientos con antidepresivos que, en lugar de ayudar, pueden precipitar episodios maníacos o mixtos, empeorando su curso clínico.
– Un adolescente con trastorno de estrés postraumático complejo (TEPT-C) derivado de experiencias adversas tempranas puede ser etiquetado como «trastorno de conducta» o «trastorno negativista desafiante». Sin una mirada al estrés crónico y a su historia vital, se interviene sobre la conducta visible y no sobre la herida emocional de fondo.
– Un adulto joven con trastorno de ansiedad generalizada (TAG) y somatizaciones puede recibir múltiples estudios médicos y tratamientos sintomáticos, sin que nadie conecte sus síntomas físicos —palpitaciones, fatiga, tensión muscular— con un desajuste por estrés acumulado.
El no contar con un buen diagnóstico nos lleva a tratamientos ineficientes, fallas en la intervención y resultados poco prometedores. Y algo igual de grave: la persona que sufre comienza a sentir que «no tiene solución», que «nadie le entiende» o, peor aún, que «todo está en su cabeza».
Lo que necesitamos, realmente:
No basta con profesionales especializados solo en pruebas psicodiagnósticas o neuropsicológicas. Necesitamos clínicos con un manejo profundo de la entrevista, del análisis funcional de la conducta y del recorrido vital del paciente. Esto implica preguntarnos, por ejemplo:
– ¿Qué factores de estrés crónico (laboral, familiar, económico, traumático) han incidido en la aparición de este desorden de la conducta o del ánimo?
– ¿Hay una historia de invalidación emocional temprana que hoy se presenta como inestabilidad afectiva?
– ¿Los síntomas ansiosos o depresivos son primarios o son secundarios a un trauma no elaborado o a un trastorno de personalidad de base?
Solo así podremos distinguir entre un episodio depresivo reactivo (por duelo o pérdida), una distimia de larga data o una fase depresiva de un trastorno bipolar. Cada uno requiere una intervención radicalmente distinta.
Repensemos el lenguaje: del «trastorno» al «desajuste»:
Es relevante, para nuestros pacientes, dejar atrás el término «trastorno» cuando este se convierte en una etiqueta discriminante. Porque una etiqueta puede generar:
– Una percepción interpersonal de baja autoestima.
– Un profundo sentimiento de disfuncionalidad.
– Una marca social que dificulta la reinserción laboral, educativa y afectiva.
No se trata de negar el sufrimiento ni la existencia de cuadros clínicos graves. Se trata de nombrar con precisión, pero también con humanidad. Hablar de «desajustes del ánimo» , «reacciones al estrés acumulado» o «patrones de afrontamiento rígidos que generan malestar» puede abrir puertas a la comprensión y al cambio, no al estigma.
La intervención que funciona: tiempo, equipo y redes:
En casos graves o complejos —una depresión mayor con síntomas psicóticos, un trastorno límite de personalidad con conductas autolíticas, un TEPT-C con disociación severa— es perentorio:
- Tomarse el tiempo necesario para revisar y cotejar diagnósticos, sin apresurarse en la primera impresión clínica.
- Trabajar en equipo multidisciplinario: psiquiatra, psicólogo, terapeuta ocupacional, trabajador social. Nadie tiene todas las respuestas solo.
- Integrar a la familia cuando sea posible y seguro, no como «parte del problema», sino como recurso y red de apoyo.
- Promover redes comunitarias y de pares: grupos de apoyo, centros de día, programas de acompañamiento entre iguales.
Porque una intervención aislada, por muy buena que sea la técnica, fracasa si no fortalece el entorno del paciente. La salud mental no ocurre dentro de un consultorio cerrado: ocurre en la vida cotidiana.
Un cierre, más bien un inicio:
Sabemos que el sistema está colapsado a nivel de atenciones. Que hay listas de espera, sesiones cortas, derivaciones que se pierden. Pero también sabemos que, cada diagnóstico bien puesto, cada entrevista que realmente escucha, cada derivación oportuna, puede cambiar el curso de una vida.
La alianza que presentamos hoy —entre neurociencia, prácticas en Curación somática basadas en evidencia y psicoeducación en los procesos de terapia— no es un lujo. Es parte de una respuesta más amplia: ofrecer herramientas reales, humanas y científicas para quienes viven con desajustes del ánimo, enfermedad mental o secuelas del estrés crónico.
Porque al final, de eso se trata: de no dejar a nadie solo con su sufrimiento mal diagnosticado.
Ps. Mariann Dávila Coggiola
Directora INF
Psicóloga clínica, Trastornos severos de la personalidad.
Terapia focalizada en la transferencia Aplicada Adultos, jóvenes y niños.
Terapeuta sistémica Infanto juvenil.
Terapeuta en Experiencia somática – PHP.
Conoce nuestras formaciones, supervisiones clínicas en nuestro sitio